‘The Walking Dead’: pasado, presente, futuro

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The Walking Dead no necesita presentaciones: quién más, quién menos habrá oído hablar de “la serie de los zombies”. Fue un 31 de octubre de 2010 cuando llegó a la pequeña pantalla la adaptación de los famosos cómics de Robert Kirkman. No sólo el material de origen venía precedido de cierta fama, sino que el proyecto estaba encabezado por Frank Darabont (conocido por las adaptaciones de Cadena Perpetua, La milla verde o La niebla) y respaldado por la AMC, en pleno esplendor con Mad Men o Breaking Bad. ¿Qué podía salir mal?

Aparentemente, nada.

Pasado

La primera temporada fue todo un éxito, no sólo por unas audiencias más que destacables, sino por la crítica, que alabó tanto el trabajo de Darabont como del equipo actoral. Seis episodios en los que se mezclaba de una forma exquisita el horror y el drama, con unos efectos visuales apabullantes para una serie de televisión (comparad, por ejemplo, el primer episodio de The Walking Dead con con la primera temporada de Juego de Tronos, estrenada ese mismo año, y las diferencias son abismales). Había, por lo tanto, elementos suficientes para que las aventuras de Rick y compañía marcaran un antes y un después en la nueva oleada televisiva. Y en cierto modo, así fue. Sin embargo, duró poco.

Con el anuncio de la segunda temporada llegaron los problemas. Para empezar, AMC decidió pasar de 6 a 13 episodios. Eso no sería ningún problema si el presupuesto también se hubiera duplicado, pero no fue el caso: AMC quería más al mismo precio. No es de extrañar entonces que, todo el dinamismo y variedad de escenarios presentes en la primera temporada terminara reduciéndose en la granja, el pajar, la granja, el pajar, más granja y más pajar. No obstante, la gran sorpresa llegó cuando pocos meses antes del estreno, en plena producción de esa segunda tanda, Frank Darabont fue despedido. Desde AMC alegaron su poca profesionalidad y Darabont los denunció, por lo que desde entonces hay un litigio en marcha que todavía perdura.

En sustitución a Darabont entró Glen Mazzara quien, curiosamente, también renunció a la serie finalizada la tercera temporada por discrepancias creativas con la cadena. Tras Mazzara entró Scott M. Gimple, quien ha durado hasta día de hoy, pero que será sustituido por Angela Kang de cara a la novena temporada. Mientras que, por ejemplo, Juego de Tronos se ha mantenido siempre a manos de David Benioff y D.B. Weiss, con decisiones más o menos acertadas, pero siempre bajo su control, The Walking Dead ha estado marcada por constantes idas y venidas de creativos y, en consecuencia, en cambios constantes de estilos y enfoques narrativos.

El aumento de número de episodios comportó además un cambio en el paradigma de la serie, ya que no sólo se trataba de incrementar el número de entregas, sino que en medio se producía un parón de casi dos meses. ¿Cuál fue la consecuencia que se arrastra hasta día de hoy? Que al final una temporada de The Walking Dead debía plantearse como “dos temporadas”: un primer arco argumental que finalizaba en el mid-season (por descontado, con un gran cliffhanger) y un segundo arco hasta el final de temporada (con otro gran cliffhanger). Y todo ello pensado, planificado, producido, rodado y editado en menos de un año.

Como consecuencia, la calidad de las temporadas empezó a decaer, con la presencia de episodios completamente vacíos de contenido pero necesarios para alcanzar la cifra de horas planificadas, y la situación no ha mejorado a día de hoy, en las que se repite ese esquema de: primer capítulo más o menos interesante – relleno – mid-season – regreso de la serie – relleno – final de temporada. Cambian las ubicaciones, mueren personajes (actualmente, del casting inicial, ya no queda casi nadie), aparecen nuevos personajes (mayoritariamente sin ningún carisma) y poco más: la trama no evoluciona, no hay un objetivo más allá de la supervivencia. Se producen situaciones que obviamente cambian el devenir del grupo, que recolocan las fichas en el tablero, pero la trascendencia y la importancia de los personajes se ha perdido paulatinamente. ¿Pasaría algo si Rick, personaje protagonista tanto en la serie como en los comics, muriera? A día de hoy, no. ¿Pasaría algo si cogieran todos los personajes actuales y los sustituyeran por otros? Tampoco.

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Presente

Actualmente, las audiencias parecen estar cayendo en picado, alcanzando mínimos históricos. La octava temporada se estrenó con unas audiencias que no se veían desde el estreno de la tercera, cuando The Walking Dead subía como la espuma. No obstante, AMC no parece estar muy preocupada: como confirmó recientemente Gimple, encima de la mesa tienen varios proyectos, sin especificar de qué tipo, que servirían para continuar expandiendo el universo. ¿Les saldrá bien la jugada? En términos de audiencia, The Walking Dead sigue siendo rentable. Ni Preacher, ni Better Call Saul ni ninguna otra serie de la cadena alcanza los resultados de la ficción de los zombies, por lo que es comprensible que se aferren fervientemente a su producto. Pero también es cierto que ya han intentado repetir la formula con la pseudo-precuela Fear the Walking Dead y el éxito ha sido más bien tibio.

La fórmula actual está agotada: sólo hay que echar un vistazo a los episodios en emisión para darse cuenta que la historia no avanza. En esta octava temporada sólo ha habido una muerte que, en términos narrativos, podría significar un giro importante, pero esa misma situación ya la hemos vivido con anterioridad: la muerte de Glenn, por ejemplo, tendría que haber sido un punto y aparte a lo largo de la séptima temporada, y al final sólo fue una muerte más en ese mar de sangre y entrañas en el que se ha convertido The Walking Dead.

No tengo esperanzas de que en los episodios restantes de esta octava temporada la situación mejore. En ocasiones se observan ciertos atisbos de esa serie en el que el drama era relevante, pero los personajes que se han incorporado en las últimas temporadas no despiertan empatía, convirtiéndose meramente en potenciales víctimas. Entonces, ¿por qué seguir viéndola? Supongo que cierta tendencia “completista” me obliga a esforzarme semana tras semana a ver esos 45 minutos capaces de despertarme en mí bastantes bostezos. Y que después de más de 100 episodios me gustaría llegar al final, si es que existe tal final.

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Futuro

Hasta la fecha, se podría decir que The Walking Dead ha vivido de rentas: sin demasiado esfuerzo, la serie ha conseguido mantener sus audiencias. Es cierto que ha habido algunos arcos argumentales medianamente interesantes, pero en su conjunto la historia ha decaído. Por mucho que quieran aparentar una total normalidad y afirmen categóricamente que todo sigue adelante por muchos más años, es más que probable que en los despachos de la AMC se estén poniendo nerviosos. Así pues, ¿debería finalizar pronto la odisea de Rick y compañía? Si la línea a seguir es la misma que ahora, rotundamente, sí. ¿Será la novena temporada ese colofón final? Probablemente, no.

Robert Kirkman ha afirmado recientemente que ya tiene pensado un final para la historia. Quizás sería el momento de alcanzarlo y, a partir de aquí, intentar hacer renacer el universo con otros spin-offs con ideas nuevas, no una mera repetición de lo ya visto. A diferencia de Juego de Tronos, con la que todo el mundo parece completamente entusiasmado y la llegada de su final el próximo año hará que muchos espectadores se queden con ganas de más (lo cual será completamente beneficioso para los proyectos que la HBO está barajando), The Walking Dead debería buscar un camino diferente. Quizás un descanso, quizás una reinvención de la fórmula de arriba abajo. No debemos olvidar que AMC tocó el cielo con Mad Men y Breaking Bad, así que capaces de hacer productos de calidad lo son, y mucho.

Sin embargo, cabría considerar otra posibilidad, ajena a la historia intrínseca de los zombies, que, en el peor de los casos, podría terminar con The Walking Dead: los distintos procedimientos judiciales que están en marcha contra AMC. A parte del ya mencionado caso de Darabont, Kirkman y otros tres productores (entre los que se encuentra Mazzara) demandaron a AMC por no compartir los beneficios reales que producía la ficción televisiva. De ser ambas sentencias favorables a los demandantes, el panorama podría ser bastante comprometedor para AMC en función de la cantidad económica que les tocara percibir.

Sea como fuere, la esperanza es lo último que se pierde. Esta manida frase, que podría ser sin duda el leitmotiv de la serie, quizás debería hacernos creer que The Walking Dead reflotará. El problema está en que esa idea se nos ha vendido ya en demasiadas ocasiones, prometiéndonos grandes finales, grandes giros, grandes cambios narrativos que, desengañando al espectador, nunca terminaron de llegar. Es por eso que quizás el sentimiento general sea de frustración. Sólo el futuro nos dirá cómo terminará todo esto, pero como ya dije con The X-Files, es mejor irse con la cabeza alta que esperar a la muerte.

Aunque en este caso, estar muerto, significa más bien poco.

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