‘La (amorfa) forma del agua’

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Esta publicación puede contener spoilers.

Seré directo y conciso: hay algo en La forma del agua que me chirría. Me gustan sus personajes (más los secundarios que los principales), me gusta en lo formal, me gusta su fotografía, su banda sonora, algunos planos son poesía visual y, aun así, algo me falla: la película no me emociona.

Fui al cine virgen, sin ideas preconcebidas: sólo vi un tráiler, forzosamente, antes de Tres anuncios en las afueras. Me llamó la atención. Ya está. Luego llegaron las nominaciones a los Oscars: 13 en total. En unos premios en los que parecen tener devoción por los dramas (y, si están basados en hechos reales con una caracterización del personaje principal a base de horas de maquillaje, todavía mejor), que una película de corte fantástico alcance esta cifra es todo un hito. De todos modos, debo confesar que soy escéptico en cuanto a los Oscars, por lo que tampoco fui al cine con la mentalidad de “si tiene tantas nominaciones, seguro que es buena”.

Una vez dicho esto, quiero mencionar que este sentimiento que ha despertado La forma del agua no es nuevo con la filmografía de Guillermo del Toro. Visualmente es un director muy poderoso, eso es innegable. Películas como Hellboy, Pacific Rim, La cumbre escarlata o El laberinto del Fauno tienen un diseño y una puesta en escena espectacular, sin embargo (a excepción de El laberinto del Fauno), en lo narrativo siempre hay algo que falla. La forma del agua se asemeja más a ésta última (para mí su gran obra maestra), pero no consigue alcanzarla, en parte por el tratamiento que recibe la relación entre Elisa y el hombre anfibio, en parte por el conflicto que deriva del contexto de la Guerra Fría.

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La película se presenta como una fábula. De hecho, empieza con una voz en off como lo hacen muchas películas de fantasía o de Disney. Pronto nos vemos sumergidos en el relato, con unos personajes no muy complejos, pero sí lo suficientemente caracterizados como para que empaticemos con ellos. Con un estilo que particularmente me ha recordado mucho a Jean-Pierre Jeunet (director de Amélie o Delicatessen), rápidamente nos presenta a la protagonista. Y si algo hay que agradecer a Guillermo del Toro es la forma en la que plasma la sexualidad de Elisa, sin tapujos. Sin embargo, la introducción del hombre anfibio y el devenir de la relación entre ambos no consigue despertar en mí ternura ni preocupación. No hay nada en ella, con excepción de la última escena, que me emocione.

Es cierto que el amor es algo irracional, que muchas veces se escapa de la lógica, pero me falta una progresión que no encuentro por ningún sitio. Entiendo que se nos narra la la historia de un conjunto de personajes solitarios que buscan compañía, y entiendo el vínculo que se establece entre ambos, pero para mí no termina de funcionar como debería. A modo de paralelismo, si nos fijamos en La Bella y la Bestia (la de animación, no esa abominación con Emma Watson), la relación entre Bella y la Bestia sufre una evolución, pasa por distintas etapas: del miedo al amor, del rencor a la compasión. En La forma del agua no existe tal progresión. Desde un principio, paradójicamente, ya está todo dicho. Tampoco existe un rechazo por parte de los otros personajes, como cuando Elisa cuenta a su compañera que ha mantenido relaciones sexuales con la criatura. Puedo entender que Zelda probablemente haya sufrido el rechazo de una sociedad racista y no quiere perpetuar ese odio hacia lo diferente, pero aún así no deja de parecerme un tanto extraño.

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Del Toro opta por alejarse de ese contexto más sociológico, en el que podría haber profundizado en la reacción/aceptación de esa relación hasta cierto punto zoofílica, y centra la película en una ida y vuelta sobre los entresijos entre los americanos y los rusos para conseguir a la criatura. El problema reside en que la acción termina siendo demasiado conveniente para el desarrollo del guión. Por ejemplo, ¿por qué no hay nadie, absolutamente nadie, vigilando a la criatura? ¿No es de tal importancia como para destinar como mínimo a un miembro de seguridad, y más cuando sabes que los rusos están interesados en ella? Bueno, podemos aceptar pulpo como animal de compañía. Otro caso: cuando sacan a la criatura de las instalaciones, todo va sobre ruedas, no hay ninguna complicación, pese a que como ya he dicho, la carrera al espacio depende básicamente del hombre anfibio. Vale, aceptamos de nuevo pulpo como animal de compañía. Un último ejemplo: ya casi al final de la película, cuando el malo malísimo, Richard Strickland, dispara al científico ruso (que recordemos, está obsesionado con la criatura y ha puesto en riesgo su vida para salvarla) y se está desangrando después de dos o tres balazos (con lo cual su destino ya está más que sentenciado), el científico no tarda ni dos segundos en soltar quién ha robado la criatura. ¿En serio? Si se está muriendo. ¿Qué mejor que reírse a la cara del enemigo y mentirle? Supongo que deberemos aceptar de nuevo pulpo como animal de compañía.

Todas estas decisiones y, en general, lo que rodea esta trama, me parece un lastre para el conjunto de la película. ¿Por qué no centrarse en Elisa y en la criatura, que son lo realmente mágico y distintivo? ¿Por qué no ahondar en el proceso de descubrimiento por parte de la bestia de este mundo que desconoce? ¿Por qué no desarrollar esa trama entre ambos, el día a día, la cotidianidad, los pequeños detalles que hacen que una relación sea especial? No pretendo denostar la película ni reescribirla a mi manera, porque a fin de cuentas no es mi película y no deja de ser un film más que correcto, pero no puedo evitar pensar en lo que podría haber sido y no fue. En El laberinto del Fauno, por ejemplo, el equilibrio entre la trama fantástica y la cruda realidad de Ofelia se fusionaban de una forma muy coherente y poderosa, y aquí, no encuentro ese equilibrio entre lo íntimo y lo político. Insisto en que la película tiene escenas preciosas, como cuando Elisa decide llenar el baño de agua, o ese final en el que el hombre anfibio convierte la condena de Elisa (las heridas que le robaron la voz) en su liberación (agallas); pero para mí no dejan de ser unas bellas set pieces en medio de un conjunto desangelado.

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Finalmente, la gran pregunta: ¿se merece La forma del agua 13 nominaciones a los Oscars? Me parece un poco ilógico, teniendo en cuenta que El laberinto del Fauno, film superior a título personal, sólo obtuvo 3. Supongo que los americanos son muy suyos y mientras que La forma del agua es puramente made in USA, El laberinto del Fauno no dejaba de ser una película en español co-producida entre varios países. En lo técnico es probable que arrase. Incluso si tuviera que apostar, no descartaría que Guillermo del Toro se llevara el Oscar a mejor director, porque ese rol lo desempeña muy bien. No obstante, en otras categorías como Mejor película, Mejor actriz principal o Mejor actor secundario, me sorprendería que no fuera Tres anuncios en las afueras con Frances McDormand, Woody Harrelson o Sam Rockwell la vencedora. ¿Qué sucederá? No lo sabremos hasta el día en que se entreguen los premios. Lo más importante, como ya he dicho, es que el cine fantástico siga creciendo y deje de menospreciarse como si de algo secundario se tratara.

Valoración: 7’5/10

Ficha de La forma del agua en IMDB

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